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Lo que Corea del Sur entendió sobre infraestructura y México sigue discutiendo

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    Editorial
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Lo que Corea del Sur entendió sobre infraestructura y México sigue discutiendo Revista interAlcaldes

Corea del Sur convirtió carreteras, puertos, energía y conectividad en una política de desarrollo. México tiene recursos y una oportunidad industrial histórica, pero todavía debe garantizar continuidad, evaluación y capacidad local.


Durante décadas, México ha discutido la infraestructura como una sucesión de proyectos: qué carretera construir, dónde ubicar un aeropuerto, cuánto invertir en un tren o qué región debe recibir primero los recursos. Corea del Sur planteó una pregunta distinta: qué sistema productivo quería desarrollar y qué infraestructura necesitaba para hacerlo posible.


La diferencia no es semántica. Una obra puede inaugurarse y permanecer desconectada de la economía. Una red productiva, en cambio, articula puertos, carreteras, ferrocarriles, energía, agua, telecomunicaciones, vivienda, educación técnica y ciudades industriales bajo una misma visión territorial.


México ya no discute si debe invertir. La cuestión pendiente es bajo qué criterios seleccionará, conectará, evaluará y mantendrá sus proyectos para que sobrevivan a los cambios de gobierno.


La infraestructura como plataforma productiva

Desde sus primeros planes quinquenales, Corea del Sur vinculó la expansión de su capacidad física con objetivos industriales y exportadores. El corredor entre Seúl y Busan, los puertos del sureste, las zonas manufactureras, la generación eléctrica y la formación de capital humano no fueron tratados como iniciativas independientes, sino como componentes de una estrategia nacional.


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Los planes territoriales dieron continuidad a esa transformación y establecieron prioridades que rebasaban los calendarios políticos. Después de la crisis financiera asiática, el país fortaleció también la evaluación de las inversiones. Desde 1999, los grandes proyectos públicos están sujetos a estudios preliminares de viabilidad coordinados por instituciones técnicas como el Korea Development Institute, además de controles de costos y mecanismos de reevaluación.


El modelo coreano no fue lineal ni perfecto. Produjo concentración económica, desequilibrios regionales, impactos ambientales y proyectos de baja demanda. Su aprendizaje decisivo fue construir instituciones capaces de reconocer errores y corregir decisiones.


“La infraestructura deja de ser obra pública cuando empieza a funcionar como una plataforma de productividad.”

Una señal contemporánea de esa capacidad sistémica aparece en la logística. En la edición 2023 del Índice de Desempeño Logístico del Banco Mundial, elaborada con evaluaciones recopiladas principalmente en 2022, Corea del Sur obtuvo 3.8 puntos sobre cinco, mientras México alcanzó 2.9. El indicador incorpora infraestructura, aduanas, servicios logísticos, trazabilidad y puntualidad de las entregas.


Revista interAlcaldes Lo que Corea del Sur entendió sobre infraestructura y México sigue discutiendo

México tiene proyectos, pero debe construir la red

México no carece de inversión ni de planes. El Programa de Inversión en Infraestructura para el Desarrollo con Bienestar 2026–2030 contempla 5.6 billones de pesos de inversión pública y mixta en ocho sectores estratégicos. La escala es relevante y reconoce que el crecimiento necesita energía, transporte, agua y conectividad.


El desafío comienza cuando esa cartera debe convertirse en una red coherente. Una autopista sin conexión de última milla, un parque industrial sin electricidad suficiente, un puerto sin enlaces ferroviarios o una ciudad sin vivienda y movilidad adecuadas pueden generar construcción, pero no necesariamente competitividad.


El problema ya es visible en parques industriales del norte del país, donde empresas han señalado la insuficiencia de agua y electricidad como obstáculos para crecer, según recoge el Banco Mundial. La infraestructura menos visible también condiciona el desarrollo: una estimación citada por la OCDE sitúa alrededor de 46% las pérdidas de agua asociadas con fugas en las redes de distribución.


La OCDE advierte que México necesita utilizar de manera más sistemática los análisis costo-beneficio, transparentar la priorización y fortalecer la rendición de cuentas durante todo el ciclo de inversión. No basta con financiar la construcción; también deben asegurarse operación, mantenimiento y resultados.


La prueba municipal del nearshoring

La relocalización industrial no ocurre en los discursos nacionales, sino en territorios concretos. Una empresa evalúa si encontrará energía confiable, agua, suelo con servicios, seguridad, conectividad digital, proveedores, personal capacitado y rutas eficientes hacia la frontera o los puertos.


Los municipios se convierten entonces en la interfaz entre la inversión y el funcionamiento cotidiano del territorio. Dentro de sus atribuciones y arreglos locales se encuentran el uso de suelo, los permisos, las vialidades, la movilidad, los residuos y diversos servicios urbanos. Sin embargo, numerosos ayuntamientos carecen de recursos técnicos y financieros para anticipar el crecimiento y coordinarse con los gobiernos estatales y federal.


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Esta debilidad puede convertir una inversión nacional en un problema local: congestionamiento, expansión urbana desordenada, presión sobre el agua, vivienda insuficiente y deterioro de los servicios públicos.


“El nearshoring no llegará al municipio que más lo anuncie, sino al territorio que pueda sostenerlo todos los días.”

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La continuidad como ventaja competitiva

México necesita pasar de los inventarios de obras a portafolios regionales de productividad. Eso implica ordenar las inversiones alrededor de corredores económicos y vocaciones territoriales; evaluar los proyectos antes, durante y después de su construcción; reservar recursos para mantenimiento; y fortalecer las capacidades municipales que deberán administrar el crecimiento.


También exige medir resultados diferentes al presupuesto ejercido o los kilómetros construidos. La verdadera evaluación debe considerar reducción de costos logísticos, confiabilidad eléctrica, disponibilidad de agua, tiempos de traslado, acceso a empleos, integración de proveedores locales y calidad de los servicios.


No se trata de copiar el modelo centralizado de Corea del Sur ni de ignorar sus costos sociales y ambientales. Se trata de adaptar su lección más vigente: la infraestructura requiere continuidad institucional, coordinación territorial y una relación verificable con la productividad y el bienestar.


México ya reconoce la magnitud de la oportunidad. Ahora debe demostrar que puede convertir sus proyectos en una capacidad nacional que sobreviva a los calendarios políticos.


¿Qué tendría que cambiar para que la infraestructura de México se evalúe por la productividad y el bienestar que genera, y no solamente por el tamaño de la obra inaugurada?


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Escrito por: Editorial



Fuentes consultadas

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