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La competencia ya no es entre países, es entre territorios

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Editorial
hace 7 minutos
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La competencia ya no es entre países, es entre territorios Revista interAlcaldes

Las empresas comparan las condiciones generales de los países, pero invierten y operan en lugares concretos. La capacidad económica de cada región depende de la combinación que pueda ofrecer entre infraestructura, talento, servicios, seguridad y calidad institucional.


Durante décadas, la competitividad se explicó mediante indicadores nacionales: estabilidad macroeconómica, apertura comercial, costos laborales, política fiscal y tamaño del mercado. Esas condiciones siguen siendo fundamentales, pero ya no bastan para comprender por qué dos regiones de un mismo país pueden presentar resultados económicos tan diferentes. Una empresa puede elegir México por su integración con América del Norte y después descartar una ciudad por falta de energía, escasez de personal especializado, problemas logísticos o incertidumbre regulatoria.


La competencia económica ocurre entre estados, zonas metropolitanas, municipios y corredores productivos capaces de convertir sus recursos en ventajas duraderas. Estas escalas no poseen las mismas atribuciones ni administran los mismos recursos, pero todas intervienen en la experiencia de invertir, producir y vivir. Los gobiernos nacionales establecen buena parte de las reglas; los estatales coordinan infraestructura y políticas regionales; y los municipios gestionan servicios, licencias, movilidad, uso del suelo y otros factores que afectan diariamente a empresas y habitantes.


El código postal también influye en la productividad

Las diferencias regionales no son marginales. La OCDE señala que, en 2022, la productividad laboral de las regiones más productivas de un país duplicaba la de las menos productivas. En México, Colombia y Rumania, la diferencia era de cuatro veces o más. El organismo también documentó una elevada concentración de la inversión extranjera destinada a nuevos proyectos: durante 2023, la mitad de este capital en los países de la OCDE llegó únicamente a 34 de 357 grandes regiones.


La inversión global no se distribuye automáticamente entre los países que ofrecen tratados comerciales o estabilidad económica. Se dirige hacia ecosistemas específicos que reducen riesgos y facilitan la operación: lugares con proveedores confiables, universidades vinculadas con las necesidades productivas, infraestructura logística, servicios funcionales y autoridades capaces de coordinar decisiones. Una frontera nacional puede abrir la oportunidad, pero la viabilidad del proyecto se comprueba en el lugar donde tendrá que operar.


“La inversión puede entrar por un país, pero decide quedarse por las condiciones que encuentra en un territorio.”

México refleja con claridad esta concentración. De acuerdo con el Producto Interno Bruto por Entidad Federativa del INEGI, once entidades generaron en conjunto 66.7 % del PIB nacional en 2024. La cifra no significa que el resto del país carezca de posibilidades, sino que la infraestructura, el conocimiento y las oportunidades están distribuidos de manera desigual. Pertenecer a una nación competitiva, por tanto, no garantiza que todas sus regiones puedan integrarse a la economía con las mismas posibilidades.


Las ventajas territoriales se construyen

La ubicación conserva importancia, pero ya no asegura por sí sola el desarrollo. Estar cerca de una frontera, un puerto o un gran mercado puede convertirse en una ventaja desperdiciada cuando faltan agua, energía, vivienda, conectividad, seguridad o personal capacitado. Del mismo modo, una región sin una posición geográfica privilegiada puede crear una especialización valiosa mediante conocimiento, coordinación institucional e inversión sostenida.


El Índice de Competitividad Estatal 2026 del IMCO muestra que no existe una sola fórmula para competir. Aguascalientes destaca por su integración con las cadenas productivas de América del Norte; Chihuahua, por su perfil exportador; Jalisco, por su diversificación e innovación; Nuevo León, por la complejidad de sus sectores productivos; y Querétaro, por su dinamismo automotriz, aeroespacial y de centros de datos. Son trayectorias distintas que comparten la complementariedad entre empleo formal, educación, infraestructura, sofisticación productiva e instituciones confiables.


La competitividad tampoco consiste en intentar atraer cualquier industria. Una autoridad que desconoce la estructura económica de su región puede terminar ofreciendo incentivos a proyectos incompatibles con los recursos disponibles o con escasa capacidad para generar beneficios permanentes. El punto de partida debe ser una lectura honesta de las fortalezas y limitaciones locales: qué sabe producir la población, qué proveedores existen, qué conocimiento generan las universidades, qué infraestructura puede sostenerse y cuáles son los obstáculos que impiden aumentar el valor de la economía.


Revista interAlcaldes La competencia ya no es entre países, es entre territorios

Atraer una planta no equivale a transformar una región

La llegada de una gran empresa suele presentarse como una victoria definitiva, pero sus efectos dependen de los vínculos que consiga establecer. Si importa la mayoría de sus insumos, cubre los puestos especializados con personal procedente de otros lugares y mantiene poca relación con las empresas locales, la inversión puede elevar las estadísticas sin modificar la estructura productiva. El resultado será diferente si desarrolla proveedores, transfiere conocimiento, forma trabajadores, promueve empleo formal y fortalece actividades relacionadas.


Por esta razón, la competencia basada exclusivamente en terrenos baratos, exenciones o trámites preferenciales tiene un alcance limitado. Los incentivos pueden influir en una decisión, pero difícilmente compensan una mala conectividad, una red eléctrica insuficiente, la ausencia de certeza institucional o una ciudad incapaz de ofrecer vivienda y movilidad. Competir mediante descuentos produce ventajas temporales; competir mediante condiciones productivas genera razones para permanecer.


“Una región no se transforma cuando atrae una empresa, sino cuando esa inversión deja conocimiento, proveedores y oportunidades que perduran.”

El éxito tampoco debería medirse únicamente por el monto anunciado. Es necesario conocer cuántos empleos formales se generaron, cómo evolucionaron los salarios, qué proporción de las compras se realizó a proveedores regionales, qué tecnologías se incorporaron y qué beneficios llegaron a la población. Sin estas preguntas, el desarrollo corre el riesgo de convertirse en una sucesión de anuncios que no cambia las condiciones estructurales.


El municipio forma parte de la política económica

Aunque las decisiones fiscales, energéticas y comerciales corresponden principalmente a la Federación y a los estados, los municipios administran factores que influyen directamente en la experiencia cotidiana de producir. El uso del suelo, las licencias, la movilidad, los servicios públicos, la protección civil, la gestión del espacio urbano y la coordinación en seguridad pueden agilizar un proyecto o convertirlo en una operación costosa e incierta.


La escala económica real, además, rara vez coincide con los límites administrativos. Las personas pueden vivir en un municipio, trabajar en otro y utilizar infraestructura ubicada en un tercero. Una estrategia aislada pierde eficacia cuando los gobiernos vecinos compiten por la misma inversión, pero no coordinan transporte, agua, vivienda, residuos o crecimiento urbano. Las zonas metropolitanas y los corredores productivos necesitan acuerdos estables que distribuyan responsabilidades y sobrevivan a los cambios de administración.


La OCDE recomienda políticas adaptadas a las características de cada lugar y respaldadas por servicios públicos, infraestructura, formación laboral, integración a cadenas globales y una mejor coordinación entre órdenes de gobierno. Esto no significa atribuir a los ayuntamientos facultades que no poseen, sino reconocer su papel como articuladores. Los municipios pueden reunir empresas, universidades, centros de formación, organizaciones sociales y autoridades estatales para identificar obstáculos y construir una agenda económica compartida.


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De la promoción a la estrategia territorial

La primera tarea es conocer. Una región necesita información actualizada sobre su composición empresarial, sus empleos, sus proveedores, la disponibilidad de suelo y recursos, las capacidades educativas y los proyectos de infraestructura que condicionarán su futuro. Sin ese diagnóstico, la promoción económica se reduce a discursos generales y decisiones reactivas.


La segunda tarea es priorizar. Ningún lugar puede sobresalir simultáneamente en todas las industrias. Seleccionar actividades con posibilidades reales permite concentrar recursos en capacitación, conectividad, innovación y desarrollo de proveedores. La especialización no debe entenderse como dependencia de un solo sector, sino como la construcción de conocimientos relacionados que permitan diversificarse hacia productos y servicios de mayor valor.


La tercera tarea es coordinar. Empresas, universidades, centros de investigación, organizaciones sociales y distintos órdenes de gobierno deben compartir objetivos y responsabilidades. Un corredor industrial no puede funcionar adecuadamente si cada municipio planea por separado el transporte, la vivienda o los servicios que sostienen la actividad económica.


Revista interAlcaldes infografía 03
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La cuarta tarea es evaluar. Los proyectos estratégicos necesitan indicadores públicos, continuidad institucional y mecanismos que permitan corregir decisiones. La transformación económica requiere plazos más largos que un periodo de gobierno; cuando las reglas, los planes urbanos o las prioridades cambian constantemente, se destruye parte de la confianza acumulada.


La competencia territorial no debería convertirse en una carrera para entregar más beneficios a las empresas. Su propósito debe ser generar condiciones para que la inversión, la productividad y el bienestar se refuercen mutuamente. El lugar verdaderamente competitivo no es el que acepta cualquier proyecto, sino el que sabe qué desarrollo busca, qué ventajas desea fortalecer y qué compromisos necesita exigir para que el crecimiento produzca beneficios duraderos.


Los países seguirán definiendo las grandes reglas económicas, pero serán las ciudades, los municipios, las regiones y los corredores productivos los que conviertan esas reglas en oportunidades concretas. En un mundo donde el capital y el talento comparan ubicaciones con creciente precisión, la pregunta decisiva ya no será únicamente qué tan competitivo es México, sino qué regiones mexicanas están preparadas para diferenciarse.


Si la próxima gran inversión evaluara hoy a tu territorio, ¿encontraría solamente incentivos para instalarse o condiciones suficientes para crecer, integrarse y permanecer?


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Escrito por: Editorial



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