México ante el dragón y Washington. La nueva pulseada con China que redefinirá a los municipios industriales
- Editorial

- 18 mar
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La nueva relación económica entre México y China ya no puede leerse solo como una historia de importaciones baratas o de diplomacia comercial. Hoy es un triángulo más complejo: Beijing busca mantener presencia en manufactura, tecnología y movilidad eléctrica; Washington quiere cerrar cualquier puerta trasera hacia su mercado; y México intenta convertir esa tensión en inversión, empleo y capacidad productiva sin poner en riesgo la revisión del T-MEC. Esa ecuación coloca a los municipios industriales en el centro del tablero.
Los datos explican por qué. México cerró 2025 con un récord de 40,871 millones de dólares de IED, un alza anual de 10.8%, mientras el comercio total con Estados Unidos alcanzó un máximo histórico: ese país importó 534.9 mil millones de dólares desde México y exportó 338.0 mil millones hacia territorio mexicano. En enero de 2026, México siguió siendo el principal socio comercial de Estados Unidos con 74.1 mil millones de dólares de intercambio y 16.6% del total. Esa fortaleza norteamericana, sin embargo, convive con una dependencia persistente de insumos asiáticos y con el hecho de que China sigue siendo un actor estructural en la balanza manufacturera mexicana.
Ahí aparece la contradicción central. Mientras México gana participación en cadenas regionales y Estados Unidos reduce parte de su dependencia china, la economía mexicana todavía compra masivamente bienes intermedios, maquinaria y componentes provenientes de China. Banco de México reporta que el saldo comercial de México con China siguió siendo profundamente deficitario en 2025, con -123,056 millones de dólares, y las importaciones desde ese país superaron los 11,380 millones de dólares solo en enero de 2026. En otras palabras: México exporta cada vez más a Norteamérica, pero una parte de esa competitividad sigue dependiendo de proveeduría china.
La respuesta política ya empezó. Entre diciembre de 2025 y enero de 2026, México elevó aranceles de hasta 35% —y en algunos casos hasta 50%— a bienes procedentes de países sin tratado comercial, una medida que afectó especialmente a China y a varias economías asiáticas. Poco después, China y México sostuvieron conversaciones directas para contener el choque, justo cuando en Washington crecían las presiones para endurecer reglas de origen y limitar que firmas chinas usen a México como plataforma de acceso al mercado estadounidense. La revisión del T-MEC, prevista para este año, convierte esa presión en un factor inmediato de política industrial.

Para los municipios industriales mexicanos, el problema no es ideológico sino práctico. Si una armadora, una empresa de autopartes o un fabricante de baterías con capital chino llega a Aguascalientes, Ramos Arizpe o el Bajío, puede generar empleo, ampliar la base gravable y acelerar la transferencia de capacidades manufactureras. Reuters reportó que BYD y Geely estuvieron entre los finalistas para adquirir una planta en Aguascalientes con capacidad para 230 mil vehículos al año, mientras en Ramos Arizpe se instala una nueva fábrica de autopartes china de 600 empleos. Pero la misma nota muestra el dilema: autoridades mexicanas han buscado frenar o diferir algunas inversiones chinas por temor a irritar a Washington en plena renegociación regional.
El verdadero debate, entonces, no es si México debe elegir entre China o Estados Unidos, sino si será capaz de diseñar reglas para capturar inversión útil sin sacrificar certidumbre ni integración regional. La Universidad de California en San Diego advierte que ignorar por completo a China podría perjudicar la competitividad de América del Norte, porque una desvinculación total es poco realista y tendría que concentrarse por sectores. Harvard, por su parte, subraya que México puede capturar mercado que hoy tiene China en manufactura, minerales críticos, baterías y tecnologías limpias, pero solo si resuelve cuellos de botella de energía e infraestructura.
Y ahí está la lección más importante para alcaldes, parques industriales y gobiernos estatales. La OCDE señala que, tras dos décadas de bajo crecimiento, México necesita cerrar brechas de infraestructura, fortalecer cadenas locales, elevar productividad y asegurar electricidad más limpia y confiable. También advierte que el nearshoring incrementará la demanda de trabajadores en manufactura avanzada, ingeniería y servicios digitales, mientras todavía hay municipios sin infraestructura pasiva de telecomunicaciones y persisten riesgos por escasez de agua. En un entorno donde UNCTAD prevé crecimiento global más débil, alrededor de 2.6% en 2026, competir solo con mano de obra barata ya no alcanza.

De cara a 2026, los principales retos para desarrollar el potencial de esta relación son claros. México deberá evitar que la tensión geopolítica reduzca su margen de maniobra, pero también impedir que la llegada de capital asiático quede limitada a ensamblaje con poco contenido nacional. Los municipios industriales tendrán que ofrecer energía, agua, conectividad, suelo, seguridad y capital humano; Europa seguirá siendo una fuente clave de inversión productiva, mientras África gana relevancia como espacio de diversificación comercial en un mundo más fragmentado y tecnológico. La oportunidad existe, pero ya no se medirá solo en anuncios de inversión: se medirá en cuánto valor agregado local, innovación y proveeduría mexicana logren retener ciudades como Monterrey, Saltillo, Aguascalientes, San Luis Potosí, Puebla o Ciudad Juárez dentro de una economía global partida entre bloques.
En interAlcaldes queremos conocer tu opinión: ¿debe México abrir más espacio a la inversión china en sus municipios industriales o priorizar una alineación más estricta con Norteamérica? Déjanos tus comentarios y cuéntanos cómo ves el futuro económico de tu ciudad.
Escrito por: Editorial




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