En 2026, la descentralización dejó de ser un debate “administrativo” y se convirtió en una prueba de supervivencia económica. La nueva competencia global —nearshoring, transición energética, cadenas de suministro más cortas y reglas más exigentes— se gana o se pierde en territorio: agua, energía, permisos, seguridad y talento. Y esos cinco factores viven, en buena medida, en estados y municipios. La pregunta incómoda no es si descentralizar, sino si hacerlo de forma efectiva: