India y México: el “atajo urbano” que puede reescribir el mapa del poder económico en 2026
- Editorial

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En 2026, México está intentando sostener su apuesta de nearshoring mientras el mundo se vuelve más proteccionista y volátil. En ese tablero, India aparece como un socio incómodo para los esquemas tradicionales, pero extraordinariamente útil para una estrategia moderna: no solo por comercio, sino por ciudades. La pregunta ya no es si México e India “se llevan bien” en la diplomacia; es si Monterrey, Guadalajara, CDMX, Pune, Bengaluru o Hyderabad pueden construir puentes urbanos —de manufactura avanzada, talento digital y logística— que conecten a México con sus socios comerciales en América, Europa y África sin depender de una sola ruta geopolítica.
El termómetro de 2026 muestra tensiones y, paradójicamente, oportunidad. A finales de 2025 y principios de 2026 se endureció el debate por aranceles en México a importaciones de países sin acuerdo comercial, con impacto particular sobre exportaciones indias; India incluso planteó discutir un acuerdo preferencial para amortiguar el golpe, en un contexto donde se estima que el cambio arancelario amenaza alrededor de 2 mil millones de dólares en exportaciones indias hacia México. Este episodio no es un simple pleito comercial: es una señal de que el comercio “automático” se terminó. Si México e India no diseñan mecanismos de cooperación y reglas claras, la relación quedará rehén de ciclos políticos y de presiones externas.
Aun así, 2025 dejó avances cuantificables que explican por qué esta relación no se puede ignorar. En los 12 meses entre noviembre de 2024 y noviembre de 2025, las exportaciones de India hacia México crecieron 31% (según estimaciones basadas en datos de comercio bilateral), aunque con variaciones por rubro. En la industria automotriz, la presencia india se consolidó: solo en el año fiscal indio que cerró el 31 de marzo de 2025 se reportaron exportaciones hacia México de motocicletas por alrededor de 390 millones de dólares y de autos de pasajeros por cerca de 938 millones de dólares, además de un flujo relevante de autopartes. Estos números importan por una razón urbana: vehículos, autopartes, electrónica y maquinaria son cadenas que se instalan en parques industriales, cruzan puertos y aduanas, y exigen servicios públicos confiables, energía, seguridad y vivienda para trabajadores. Es decir, “comercio” se vuelve “política municipal”.
Ahí está el puente: la diplomacia de ciudades como infraestructura económica. India domina la escala del talento digital y de la ingeniería; México domina la integración productiva con Norteamérica y la creciente conexión logística con Europa. En vez de competir por el mismo “ensamble barato”, la ventaja está en complementar capacidades: India como motor de software, analítica, automatización y servicios digitales; México como plataforma manufacturera y de exportación con reglas del USMCA, puertos hacia el Atlántico y el Pacífico y una red de proveedores ya conectada al mercado estadounidense. No es teoría: hasta la propia documentación oficial india sobre vínculos comerciales reconoce el rol del nearshoring y la integración de México con EE.UU. como un imán estructural.

El componente tecnológico —el corazón de los puentes urbanos— se acelera cuando los gobiernos locales compran y escalan soluciones: movilidad inteligente, trámites digitales, ciberseguridad, gestión hídrica, sensores ambientales, iluminación eficiente y sistemas de recaudo. La conversación global sobre “ciudades inteligentes” ya no es marketing; es supervivencia fiscal y competitividad. Y 2026 ofrece vitrinas y redes donde esta cooperación se materializa, desde los congresos regionales de ciudad del futuro en América Latina hasta los grandes encuentros asiáticos de smart cities.
Pero el puente también tiene un lado político-financiero que interAlcaldes no puede perder de vista: México llega a 2026 con señales de enfriamiento en algunas variables sensibles vinculadas a EE.UU. En 2025, el ingreso por remesas cayó 4.56% (a 61,791 millones de dólares), la baja anual más pronunciada desde 2009; esto no solo afecta consumo, también presiona economías locales que dependen de ese flujo. Por eso, diversificar alianzas productivas y tecnológicas —sin romper el eje con Norteamérica— es una política de resiliencia municipal, no un capricho diplomático.

En este 2026 el potencial México–India se juega en tres frentes y en los tres hay riesgos. Primero, reglas. Si el vínculo queda atrapado en aranceles reactivos, la inversión se detiene y las ciudades pierden empleos y recaudación. Segundo, capacidad local. Sin agua, energía, suelo industrial, permisos ágiles y formación técnica, ningún “puente” cruza el río. Tercero, narrativa geoeconómica: México no puede venderse al mundo como plataforma estable si cada shock externo rediseña sus costos. La salida no es aislarse; es negociar mejor, medir resultados y crear corredores urbanos de innovación con objetivos concretos: proyectos piloto, transferencia tecnológica, certificaciones, y cadenas de suministro con trazabilidad y cumplimiento ambiental que sirvan también para Europa y para mercados africanos donde India ya tiene huella industrial.
Si 2025 fue el año de los datos que confirman la interdependencia, 2026 debe ser el año de los puentes urbanos medibles: acuerdos ciudad-a-ciudad, consorcios universidad-industria, y una agenda que conecte manufactura mexicana con software indio para competir —juntos— en un mundo más duro.
Escrito por: Editorial




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