México sigue tratando a su diáspora como nostalgia, cuando debería tratarla como capital estratégico. Ahí está la falla. Millones de mexicanos fuera del país sostienen hogares, financian consumo, pagan estudios, levantan casas, activan comercios y mantienen viva la economía de cientos de municipios. Pero México todavía no ha construido una arquitectura seria para convertir esa fuerza en inversión territorial. La diáspora mexicana no es solo identidad. Es poder económico.