México tiene una segunda política exterior. No nació en una cancillería. La construyeron millones de mexicanos que trabajan, pagan impuestos, mandan dinero, abren negocios, votan, defienden su identidad y negocian todos los días con escuelas, bancos, hospitales, sindicatos, empresas y gobiernos fuera del territorio nacional. Esa es la verdad incómoda, la diáspora mexicana ya opera como una diplomacia paralela. El problema no es que México carezca de influencia global. El