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Australia y México: la alianza “cero basura” que puede redefinir el comercio en 2026

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    Editorial
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Australia y Mexico la alianza cero basura Revista interAlcaldes

En 2026, la economía circular dejó de ser un eslogan verde para convertirse en un tema duro de competitividad: quién asegura materiales, quién recicla y reusa mejor, y quién convierte residuos en insumos industriales gana costos, resiliencia y acceso a mercados. Para México —anclado a la manufactura norteamericana— la pregunta ya no es si debe circularizar su economía, sino con quién acelera. Australia aparece como socio menos obvio, pero estratégicamente poderoso: combina regulación, datos, ciencia aplicada y capacidades en minería, metales, gestión de residuos y nuevas cadenas de valor. Y en un mundo de tensiones comerciales, esta cooperación puede beneficiar a ciudades mexicanas que exportan a Estados Unidos, y al mismo tiempo abrir puentes con socios en América, Europa y África.

 

La urgencia mexicana es cuantificable. En 2025, análisis basados en datos de SEMARNAT señalaban que solo 0.4% de los materiales que entran a la economía mexicana se reciclan o reutilizan, frente a un promedio global de 7.2%. Esa brecha no es solo ambiental: es una fuga de valor. Significa más dependencia de insumos vírgenes, más presión sobre rellenos sanitarios municipales y más vulnerabilidad a reglas externas de contenido reciclado, trazabilidad y responsabilidad extendida. En paralelo, el propio debate público en México fue madurando en 2025 con el aterrizaje del Plan Nacional de Desarrollo 2025–2030, que incorpora líneas para economía circular, manejo de residuos y modernización de infraestructura de tratamiento y reúso de agua. Para alcaldías y gobiernos metropolitanos, esto se traduce en una nueva agenda: compras públicas circulares, logística de recolección más inteligente, mercados de materiales secundarios y atracción de inversión en reciclaje avanzado.

 

Australia ofrece una “ruta corta” hacia ese aprendizaje, porque ha fijado metas nacionales y publica indicadores comparables. El Buró Australiano de Estadística reportó que en 2022–23 se recuperó 66% de los residuos (reuso, reciclaje o energía), arriba de 61% en 2016–17, y esa métrica alimenta objetivos más ambiciosos. Además, la política pública australiana empuja un norte muy concreto: 80% de recuperación promedio de recursos para 2030, reducción de residuos per cápita y menor envío de orgánicos a relleno sanitario, entre otras medidas. Para México, donde la economía circular sigue fragmentada entre estados, municipios y sectores, el valor australiano está en tres activos: gobernanza con metas, transparencia de datos y ecosistemas de innovación (universidades, ciudades, industria) orientados a resultados.

 

La ventana de 2026 está abierta por un factor regulatorio decisivo: México estrenó un marco federal vinculante de economía circular que mueve la conversación del “manejo de residuos” hacia el diseño, producción y uso de materiales, incorporando obligaciones del tipo Responsabilidad Extendida del Productor. En términos de economía internacional, esto cambia el tablero para cadenas México–EE. UU.: las empresas que exportan deberán demostrar cumplimiento, trazabilidad y, gradualmente, circularidad real. Aquí la cooperación con Australia puede ser pragmática: transferencia de modelos de EPR, estándares de etiquetado y ecodiseño, y tecnologías de clasificación, valorización de orgánicos y reciclaje de plásticos complejos. Para los municipios, el impacto se siente en recaudación, costos de disposición final y oportunidades de empleo verde local, desde operadores de plantas hasta técnicos en logística inversa.

 

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Hay otra capa que vuelve “geopolítica” la economía circular: los materiales críticos y las baterías. Australia es potencia minera; México es potencia manufacturera integrada a Norteamérica. En 2026, la conversación global sobre minerales críticos se aceleró con planes y coordinaciones comerciales lideradas por Estados Unidos con socios, incluyendo México, para cadenas más resilientes. La economía circular es el complemento lógico: recuperar metales de electrónicos, baterías y chatarra reduce dependencia de extracción y volatilidad. Si México conecta su nueva arquitectura circular con la experiencia australiana en medición, regulación y escalamiento industrial, puede construir “cadenas circulares” que sirvan al mercado estadounidense y, a la vez, lo vuelvan un socio más atractivo para Europa y África, donde crecen requisitos ambientales y de diligencia debida en suministro.

 

El comercio bilateral México–Australia, aunque no masivo frente a EE. UU., ya es una plataforma real: reportes oficiales han colocado el intercambio en el orden de miles de millones de dólares y a México como principal socio comercial de Australia en América Latina. A esa base se le puede agregar una agenda circular altamente municipalizable: proyectos de valorización de orgánicos (biogás/compost), recuperación de plásticos y construcción circular, reúso de agua industrial y medición abierta de flujos materiales. Incluso la investigación aplicada muestra que, en ciudades como CDMX, existe un “circuito económico” de reparación, reúso y reciclaje sostenido por miles de micronegocios; institucionalizarlo con compras públicas, permisos y financiamiento lo convertiría en política de empleo y productividad urbana, no solo de subsistencia.

 

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Los retos para 2026 son claros: el potencial México–Australia no se caerá por falta de discursos, sino por ejecución. Primero, México necesita convertir la ley y las reformas en capacidades operativas municipales: datos confiables, inspección factible, infraestructura y reglas simples para inversión. Segundo, hay que evitar que la economía circular se vuelva un “impuesto invisible” a pymes y exportadores; sin acompañamiento técnico, los costos de cumplimiento pueden frenar formalización y empleo. Tercero, la coordinación con Estados Unidos será inevitable: si los estándares de circularidad se alinean con requisitos norteamericanos (y con tendencias europeas), México ganará acceso y reputación; si se fragmentan, aumentará la fricción comercial. Y cuarto, México debe proteger el corazón político del proyecto: la circularidad funciona cuando genera beneficios tangibles en la ciudad —menos basura, menos fugas de agua, más empleos locales, mejores servicios—; si la ciudadanía no lo percibe, la agenda se vuelve vulnerable a cambios de administración. Australia, por su enfoque en metas, datos y políticas nacionales, puede ser el socio que ayude a México a pasar del piloto a la escala. Pero 2026 exigirá disciplina: convertir residuos en valor no es magia, es gobernanza.

 

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Escrito por: Editorial

 

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