La guerra comercial ya es municipal. Cómo las ciudades están rediseñando la nueva arquitectura del comercio latinoamericano
- Editorial

- 22 ene
- 3 Min. de lectura

En 2026, la “arquitectura comercial” de América Latina ya no se entiende sólo desde cancillerías y ministerios de economía. Se está escribiendo, con letra más pequeña pero efectos gigantes, desde aduanas urbanas, puertos metropolitanos, parques industriales y centros de datos municipales. La razón es simple: el comercio contemporáneo dejó de ser una discusión de aranceles y se volvió una competencia de cadenas de suministro. Y las cadenas de suministro viven —literalmente— en ciudades.
El cierre de 2025 dejó una señal contundente: la región resistió mejor de lo esperado la fricción global. La CEPAL proyectó para 2025 un aumento de 5% en el valor de las exportaciones latinoamericanas, con un crecimiento de 4% en volumen y 1% en precios, además de un avance de 8% en exportaciones de servicios (aunque menor al de 2024). Esa combinación revela algo clave para los gobiernos locales: el comercio crece cuando la logística funciona, la energía no falla y el talento está disponible; tres variables donde los municipios son decisivos y, a la vez, donde suelen estar los cuellos de botella.
México ejemplifica la paradoja: potencia exportadora con vulnerabilidad concentrada. En 2025, la dependencia del mercado estadounidense siguió siendo abrumadora: estimaciones con base en datos oficiales ubican en torno a 83% la proporción de exportaciones mexicanas que van a Estados Unidos (83.3% en 2025 hasta junio, según análisis con datos de INEGI). Y aun con tensiones políticas, México se consolidó como principal socio comercial de EE. UU. en 2025, con cifras récord de envíos mensuales y un peso cercano al 15% de sus importaciones en los primeros diez meses del año. Esta fortaleza es, al mismo tiempo, un riesgo sistémico: cuando Washington estornuda, las ciudades industriales mexicanas se resfrían.
Ahí entra 2026 como año bisagra. La revisión del TMEC/USMCA prevista para 2026 eleva la incertidumbre y vuelve más valiosas dos capacidades: trazabilidad de origen y resiliencia logística. Eso ya no se resuelve sólo con discursos; se resuelve con infraestructura aduanera moderna, digitalización en cruces fronterizos, verificación de proveedores locales y formación técnica acelerada. Dicho en términos municipales: parques industriales con energía suficiente, agua gestionada con inteligencia, vivienda para trabajadores, movilidad para turnos extendidos y ventanillas únicas que reduzcan tiempos muertos. La “competitividad” se volvió un asunto de permisos, suelo, conectividad y seguridad, todo en jurisdicción local.

La nueva arquitectura comercial también se reconfigura por el otro lado del Atlántico. El 17 de enero de 2026, la Unión Europea y Mercosur firmaron un acuerdo comercial largamente negociado, aún sujeto a ratificaciones, pero con un mensaje geopolítico clarísimo: Europa quiere reposicionarse en Sudamérica mientras se endurece el entorno global. Para México y sus ciudades exportadoras, esto no es un dato exótico: significa nuevos estándares, competencia reforzada en agroindustria y manufactura, y una oportunidad para diversificar mercados si las metrópolis mexicanas pueden certificar sostenibilidad, calidad y logística confiable. En términos de política pública local, la agenda ESG dejó de ser reputación y se volvió acceso a mercado.
Y mientras Europa y Norteamérica ajustan reglas, China sigue ajustando rutas. El corredor marítimo del Pacífico se está reorganizando con inversiones e itinerarios que buscan bajar costos y acelerar flujos Asia–Sudamérica; por ejemplo, con nuevas rutas directas que conectan puertos chinos con hubs peruanos como Chancay, pensados para mover carga a gran escala y redistribuirla hacia otros nodos regionales. Eso empuja a las ciudades portuarias latinoamericanas —y a las ciudades interiores conectadas a ellas— a competir por capacidad, eficiencia, seguridad y digitalización. En 2026, el ganador no será “el país” con mejor retórica, sino la red de ciudades que reduzca fricción logística: menos horas en aduana, menos robos en tránsito, menos fallas eléctricas, más interoperabilidad de datos.
En este tablero, las ciudades mexicanas que miran a Europa y África tienen una oportunidad real, pero no automática. La demanda europea por trazabilidad ambiental y la creciente competencia por minerales críticos y manufactura avanzada presionan a los gobiernos locales para ordenar su territorio industrial y elevar su capacidad tecnológica. El debate no es abstracto: es si una ciudad puede alojar centros de datos, manufactura inteligente, logística de frío y cadenas de proveedores Tier 2 y Tier 3 —justo donde hoy hay brechas— sin colapsar su agua, su red eléctrica o su tejido urbano

El gran reto de 2026 será político antes que económico: gobernar la velocidad. Las inversiones no llegan a “México”, llegan a Monterrey, Saltillo, Querétaro, Tijuana, Ciudad Juárez o al Bajío, y cada una enfrenta límites duros: permisos lentos, infraestructura saturada, estrés hídrico, déficit de talento técnico, inseguridad logística y polarización regulatoria. Si la revisión del USMCA sube la exigencia de contenido regional y cumplimiento, las ciudades deberán construir confianza con hechos medibles: tiempos aduanales, continuidad eléctrica, seguridad en corredores, formación dual y transparencia en trámites. Si lo hacen, México y sus socios en América Latina no sólo se adaptarán a la nueva arquitectura comercial: la dictarán desde lo local hacia lo global.
Escrito por: Editorial




Comentarios