La alcaldía que conecte laboratorios con inversión dominará la nueva geopolítica del poder
- Editorial

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Actualizado: hace 3 días

Durante años, la diplomacia científica fue vista como una conversación lejana entre cancillerías, universidades y organismos multilaterales. Hoy ya no. En México, esa lógica comenzó a bajar de escala y a tocar el terreno donde realmente se gana o se pierde competitividad, las ciudades y sus gobiernos locales. La alcaldía que entienda cómo vincular talento, centros de investigación, empresas tecnológicas y cooperación internacional no sólo atraerá prestigio académico; atraerá capital, cadenas de suministro, propiedad intelectual y empleos mejor pagados. En un momento en que el comercio mundial volvió a acelerarse por la demanda de bienes ligados a la inteligencia artificial y a la electrónica avanzada, la ciencia dejó de ser un asunto ornamental para convertirse en infraestructura estratégica. La OMC reportó que el volumen del comercio mundial de mercancías creció 4.6% en 2025, impulsado en buena medida por el auge de bienes relacionados con IA, mientras el FMI mantiene para México una previsión de crecimiento moderado de 1.6%, suficiente para recordar que el país necesita productividad, no sólo inercia exportadora.
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Ahí aparece la verdadera oportunidad para México frente a Asia y América. El país cerró 2025 con 40,871 millones de dólares de inversión extranjera directa, un alza anual de 10.8%, y buena parte de ese flujo siguió orientándose a manufactura, el corazón donde conviven innovación aplicada, transferencia tecnológica y escalamiento industrial. En el primer trimestre de 2025, 43.2% de la IED registrada se concentró precisamente en manufacturas. No es un dato menor, significa que la conversación sobre semiconductores, electromovilidad, automatización, biotecnología o inteligencia artificial ya no puede limitarse a los escritorios federales. Debe traducirse en ecosistemas urbanos capaces de ofrecer suelo industrial, energía, agua, logística, talento y certidumbre regulatoria.
México llega a esta disputa con fortalezas y con una deuda pendiente. La fortaleza es su posición geoeconómica, el T-MEC entra a una revisión decisiva en 2026 y varios análisis en Washington insisten en que Norteamérica necesita reforzar su competitividad digital, su cooperación en ciberseguridad, inteligencia artificial, gobernanza de datos y cadenas industriales si quiere sostener su ventaja frente a Asia. Brookings ha planteado que la revisión del acuerdo debe servir para profundizar la cooperación público-privada y fortalecer la competitividad digital regional; al mismo tiempo, el propio debate comercial en Estados Unidos está reordenando incentivos para que México consolide su papel como socio privilegiado de manufactura avanzada.

Pero la deuda es clara, México sigue sin convertir toda su potencia manufacturera en liderazgo sistemático de innovación. La OMPI ubicó a México en el lugar 58 del Índice Global de Innovación 2025, con una capacidad de resultados superior a la que cabría esperar por sus insumos, lo que revela una paradoja conocida, el país produce más de lo que su ecosistema institucional parecería permitir, pero todavía no logra cerrar la brecha entre laboratorio, patente, emprendimiento y política pública. Esa es la zona exacta donde la diplomacia científica puede marcar diferencia. El nuevo Reporte Mundial de Propiedad Intelectual 2026 de la OMPI subraya que la difusión tecnológica es hoy decisiva porque la velocidad con que una innovación cruza fronteras y llega a otras economías define quién captura valor y quién sólo ensambla. Para un país como México, eso significa que cada alcaldía con vocación industrial debería pensar como nodo de circulación tecnológica y no sólo como receptora de plantas.
Los indicios de que esa ruta ya existe son concretos. Guadalajara volvió a ser retratada este año como el “Silicon Valley” mexicano por su dinamismo tecnológico; Monterrey profundiza su papel como capital industrial con interlocución asiática; y la Ciudad de México gana peso como plataforma de urbanismo, innovación pública y economía del conocimiento. En marzo, el Tec de Monterrey documentó que México alberga alrededor de 1,600 empresas japonesas, la mayor presencia de compañías de Japón en América Latina, una señal de que la relación con Asia ya no es promesa sino estructura productiva. En paralelo, MIT destacó en enero que su Mexico City Initiative está impulsando colaboraciones transfronterizas para resolver problemas urbanos, descarbonización y desarrollo económico en México y Estados Unidos. Es decir, la diplomacia científica ya está ocurriendo, sólo que aún dispersa y sin una arquitectura municipal ambiciosa.

El reto para 2026 será evitar que esa red se quede en eventos, convenios simbólicos o fotografías institucionales. La UNAM advirtió que la diplomacia científica puede ser también un arma de doble filo si no está alineada con valores públicos y metas comunes. En términos prácticos, eso obliga a los gobiernos locales a pensar con más sofisticación, proteger propiedad intelectual, vincular universidades con parques tecnológicos, profesionalizar oficinas de cooperación internacional, crear agendas de talento bilingüe, y negociar con socios de Asia, América, Europa, África y Oceanía desde una lógica de coinversión tecnológica, no de dependencia. Porque en la nueva economía global no bastará con exportar más; habrá que decidir quién diseña, quién prueba, quién patenta y quién gobierna la innovación. Y esa disputa, cada vez más, se resolverá en ciudades capaces de convertir la ciencia en poder económico.
En interAlcaldes creemos que la diplomacia científica puede redefinir el papel de México en la economía global desde lo local. Queremos conocer su visión, ¿qué alcaldías, ciudades o regiones del país tienen hoy el mayor potencial para convertirse en centros de innovación y cooperación tecnológica con impacto internacional?
Escrito por: Editorial





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