El dinero que las ciudades están dejando sobre la mesa
- Editorial

- hace 1 día
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La cooperación internacional descentralizada se ha convertido en una de las herramientas más subestimadas —y peor aprovechadas— por los gobiernos locales en México. Mientras ciudades de todo el mundo utilizan la cooperación técnica, financiera y de conocimiento para acelerar su desarrollo, muchas ciudades mexicanas siguen viendo la cooperación internacional como un asunto secundario, burocrático o reservado exclusivamente al gobierno federal. El resultado es claro: oportunidades perdidas, recursos desaprovechados y rezago territorial.
En un contexto global marcado por crisis climáticas, presiones migratorias, transformación productiva y competencia entre ciudades, la cooperación internacional ya no es un gesto diplomático. Es una palanca concreta de desarrollo local.
¿Qué es la cooperación internacional descentralizada?
La cooperación internacional descentralizada se refiere a los esquemas de colaboración entre gobiernos subnacionales —estados, municipios y ciudades— y actores internacionales como otros gobiernos locales, organismos multilaterales, agencias de cooperación, universidades y organizaciones de la sociedad civil. A diferencia de la cooperación tradicional entre Estados nacionales, este modelo opera desde lo local hacia lo global, con soluciones adaptadas a los territorios.
En la práctica, la cooperación descentralizada permite a las ciudades acceder a asistencia técnica especializada, financiamiento no reembolsable, transferencia de conocimiento, innovación institucional y buenas prácticas en políticas públicas. No se trata únicamente de recibir recursos, sino de fortalecer capacidades locales para enfrentar retos estructurales.
En México, la cooperación internacional de los gobiernos locales cuenta con un sustento jurídico claro. La Ley sobre la Celebración de Tratados de 1992 faculta a estados y municipios para suscribir acuerdos interinstitucionales de cooperación específica y hermanamiento, siempre que se mantengan dentro de sus atribuciones y en coordinación con la política exterior nacional.
Este marco ha permitido que cientos de gobiernos locales mexicanos participen en proyectos de cooperación en áreas como desarrollo urbano, medio ambiente, agua, salud, movilidad, seguridad, educación y fortalecimiento institucional. Sin embargo, el problema no es la falta de marco legal, sino la ausencia de estrategia para utilizarlo.

La Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AMEXCID) desempeña un papel central en la articulación de la cooperación internacional en México. En coordinación con la Secretaría de Relaciones Exteriores, la AMEXCID ha impulsado esquemas que incluyen activamente a gobiernos subnacionales.
De acuerdo con registros oficiales, actualmente existen más de 150 proyectos de cooperación a nivel local, que involucran a más de 700 instituciones nacionales e internacionales. Aproximadamente 78% de estos proyectos corresponden a cooperación técnica, y cerca del 35% se enfocan en la relación México–Estados Unidos, lo que evidencia el enorme potencial de la cooperación binacional para el desarrollo territorial.
Estos datos confirman que la cooperación descentralizada no es marginal. Es una práctica activa, pero aún subexplotada.
Uno de los errores más comunes es reducir la cooperación internacional a la obtención de recursos financieros. En realidad, la cooperación descentralizada opera en múltiples modalidades:
Cooperación técnica, orientada a mejorar capacidades institucionales y políticas públicas.
Cooperación de conocimiento, que facilita el intercambio de experiencias entre ciudades.
Cooperación financiera, a través de fondos, donaciones o esquemas mixtos.
Cooperación académica y científica, vinculando universidades y centros de investigación.
Cooperación triangular, que involucra a países desarrollados, países en desarrollo y gobiernos locales.
Las ciudades que comprenden esta diversidad logran integrar la cooperación a su planeación estratégica, en lugar de tratarla como un recurso extraordinario o aislado.
La cooperación descentralizada con Estados Unidos representa una de las mayores oportunidades para las ciudades mexicanas. Más allá de la relación bilateral a nivel federal, existen cientos de posibilidades de colaboración directa entre ciudades fronterizas, metropolitanas y con vínculos migratorios o económicos.
Temas como gestión del agua, cambio climático, movilidad urbana, innovación tecnológica, desarrollo económico local y atención a comunidades migrantes han sido abordados exitosamente mediante esquemas de cooperación local binacional. No obstante, muchas ciudades aún no cuentan con equipos técnicos capacitados para identificar, formular y dar seguimiento a estos proyectos.
El principal desafío de la cooperación internacional descentralizada en México es dejar atrás la lógica del proyecto aislado. Cuando la cooperación no se integra a una estrategia de desarrollo local, sus impactos se diluyen una vez que el proyecto concluye.
Para que la cooperación genere valor sostenido, debe concebirse como política pública, con objetivos claros, alineación al plan de desarrollo municipal o estatal, responsables definidos y mecanismos de evaluación. Las ciudades que han logrado mayores beneficios son aquellas que utilizan la cooperación como herramienta para transformar instituciones, no solo para ejecutar acciones puntuales.
Más que la falta de recursos externos, el mayor obstáculo para la cooperación descentralizada es la debilidad institucional interna. Muchas ciudades carecen de personal especializado, procesos claros o estructuras administrativas capaces de gestionar proyectos internacionales.
La creación y fortalecimiento de Oficinas de Asuntos Internacionales, o estructuras equivalentes, resulta clave para profesionalizar la cooperación, coordinar actores locales y asegurar la continuidad de los proyectos más allá de los cambios de administración.

La cooperación internacional descentralizada no es una concesión ni un favor externo. Es una herramienta estratégicaque permite a las ciudades acelerar su desarrollo, mejorar sus políticas públicas y fortalecer su posición en un entorno global competitivo.
Las ciudades que no incorporan la cooperación a su planeación están, literalmente, dejando recursos, conocimiento e innovación sobre la mesa. El reto no es acceder a la cooperación, sino saber utilizarla con visión estratégica, enfoque territorial y capacidad institucional.
En un mundo donde los desafíos son cada vez más complejos y globales, la cooperación entre ciudades no es una opción idealista: es una necesidad pragmática para gobernar mejor y construir territorios más resilientes, competitivos e incluyentes.
Escrito por: Editorial




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