Diplomacia con resultados. El “show” que puede hacer rica a tu ciudad… o hundirla
- Editorial

- hace 6 horas
- 4 Min. de lectura

En 2026, la promoción exterior de los gobiernos locales dejó de ser un accesorio protocolario y se volvió un instrumento de poder. En un mundo donde las cadenas de suministro se reacomodan, la competencia por inversión se endurece y la reputación se decide en tiempo real, la ciudad que “sale al mundo” sin estrategia no solo desperdicia viajes: pierde negocios, talento y margen político. La promoción exterior inteligente —económica, cultural y territorial— ya no es una opción bonita; es una palanca de crecimiento y una defensa ante la volatilidad comercial que vive América del Norte.
El 2025 dio señales contundentes de por qué esta agenda importa. México cerró con exportaciones récord por 664.8 mil millones de dólares, un avance anual de 7.6%, y con más del 83% del total dirigido a Estados Unidos, confirmando que el mercado estadounidense sigue siendo el termómetro principal de la economía mexicana. En paralelo, el país registró un máximo histórico de 40,906 millones de dólares de inversión extranjera directa acumulada al tercer trimestre, con un crecimiento de 14.5% frente al mismo periodo de 2024, en un entorno donde el “nearshoring” sigue siendo narrativa y batalla. Estos datos no son abstractos: significan empleos, parques industriales, demanda logística y presión por infraestructura en municipios específicos. La promoción exterior inteligente sirve precisamente para conectar ese ciclo macro con proyectos locales concretos.
Pero 2025 también mostró el costo de no diversificar riesgos territoriales. Las remesas hacia México cayeron 4.56% en 2025, su descenso anual más pronunciado desde 2009, un recordatorio de que la economía binacional también se expresa en hogares, consumo y estabilidad social. Para muchos municipios, la reputación internacional ya no se trata solo de inversión: incluye vínculos con comunidades migrantes, confianza para la inversión productiva y capacidad de sostener servicios públicos ante cambios en el ingreso familiar.
Aquí entra el concepto de diplomacia económica local. No es “vender la ciudad” con slogans; es estructurar un portafolio serio de proyectos, alineado a ventajas comparativas, con reglas claras y narrativa creíble. El mensaje hacia socios de América, Europa y África debe hablar el idioma de resultados: seguridad jurídica municipal, disponibilidad de suelo, permisos eficientes, energía y agua, talento técnico y conectividad. Cuando un territorio traduce su oferta en información verificable y gobernanza estable, deja de competir por simpatía y compite por certeza. En 2026, esto será decisivo porque la revisión de T-MEC (USMCA) está en el horizonte y con ella aumentará el escrutinio sobre cumplimiento, reglas de origen y disputas sectoriales. Si el marco norteamericano se discute, las ciudades que dependen del comercio con EE. UU. necesitarán una promoción exterior más técnica: agendas con cámaras, clústeres, gobiernos estatales y aliados en Canadá y EE. UU., no solo fotos.

La diplomacia cultural, por su parte, es el “acelerador silencioso” de la diplomacia económica. Cultura significa confianza, y confianza abre puertas para inversión, turismo de alto valor y atracción de talento. México lo entendió históricamente en su proyección internacional, y hoy las ciudades pueden convertirlo en política territorial: festivales, museos, industrias creativas, gastronomía y patrimonio como activos negociables dentro de una estrategia mayor. La academia mexicana también está releyendo este campo como instrumento de relaciones internacionales, señalando que cultura y diplomacia pública son herramientas reales de posicionamiento, no decoración. Para socios europeos y africanos, donde la cooperación cultural y educativa suele ser puerta de entrada, una ciudad mexicana con oferta cultural articulada y agenda universitaria puede abrir rutas de cooperación técnica, intercambios y proyectos urbanos.
La tercera capa es la diplomacia territorial: marca ciudad, infraestructura y narrativa de transformación. Aquí 2026 trae un elemento clave: México anunció un plan de inversión pública-privada de 5.6 billones de pesos hacia 2030, con 722 mil millones contemplados para 2026, enfocado en sectores como transporte, agua, energía, salud y aeropuertos. Para los gobiernos locales, esto cambia el tablero: la promoción exterior inteligente debe “amarrarse” a proyectos reales de infraestructura y servicios públicos, porque el inversor hoy pregunta lo básico antes de preguntar lo atractivo: movilidad, agua, energía, seguridad y tiempos de instalación. Incluso proyectos emblemáticos que se completan, como la puesta en operación total del tren interurbano México-Toluca, refuerzan la idea de que la conectividad metropolitana es parte del mensaje de competitividad del país.
La tecnología ya no es un tema lateral. En 2025 se discutió incluso cooperación científica avanzada —como iniciativas de supercómputo vinculadas a análisis de datos— que muestran hacia dónde se mueven los acuerdos: capacidades digitales, modelos predictivos, gestión de riesgos climáticos y servicios públicos más inteligentes. En 2026, la promoción exterior local que no incluya una agenda tecnológica —talento, educación técnica, digitalización de trámites, datos abiertos, ciberseguridad básica— quedará fuera del radar de industrias que están relocalizando operaciones.

El reto de 2026, sin embargo, será político y operativo. La promoción exterior inteligente exige disciplina institucional: una agenda anual, métricas, alianzas con el sector privado y universidades, y continuidad más allá del calendario electoral. También exige evitar el “turismo gubernamental”: misiones sin pipeline de proyectos, hermanamientos sin seguimiento y eventos sin retorno medible. El segundo reto será la competencia fiscal y regulatoria entre territorios: si cada ciudad ofrece incentivos sin ordenar permisos, infraestructura y Estado de derecho local, el resultado será una carrera hacia abajo. El tercero será geopolítico: con la revisión del T-MEC, tensiones comerciales y presiones por “seguridad económica”, la ciudad que no entienda el lenguaje de cumplimiento y trazabilidad perderá oportunidades aunque tenga ubicación privilegiada.
En 2026, la promoción exterior no se ganará con el mejor discurso, sino con el mejor expediente. La ciudad que convierta su identidad cultural en confianza, su confianza en inversión y su inversión en servicios públicos sostenibles tendrá ventaja frente a socios de América, Europa y África. La que siga promoviendo “imagen” sin proyecto, terminará pagando el costo de la irrelevancia.
Escrito por: Editorial





Comentarios