En la conversación bilateral México–Estados Unidos solemos medir el pulso con aranceles, nearshoring, seguridad y migración. Pero hay un termómetro más profundo y menos mediático que está redefiniendo la relación: los intercambios estudiantiles y culturales. No sólo forman talento; también construyen confianza, redes profesionales y entendimiento social, tres insumos que valen oro cuando dos economías tan integradas intentan competir como región frente a Asia y Europa. El d