El Estado 33 está preparado. La diáspora mexicana se vuelve el gran activo estratégico de los gobiernos locales
- Editorial

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Durante décadas, la diáspora mexicana fue vista sobre todo como una fuente de remesas y como un tema consular. Esa mirada ya quedó rebasada. Hoy, los gobiernos locales de México tienen frente a sí un activo mucho más amplio: una red transnacional de talento, inversión, influencia política, consumo cultural y vínculos empresariales que puede fortalecer la posición del país frente a sus socios en América, Europa y África. La escala del fenómeno lo explica por sí sola. En Estados Unidos vivían 10.9 millones de personas nacidas en México en 2023, mientras que la comunidad de origen mexicano rebasa con mucho esa cifra; la propia UNAM ha subrayado que al norte del río Bravo la diáspora mexicana asciende a 37.8 millones de personas.
El dato económico más visible sigue siendo impresionante. Banco de México reportó que las remesas sumaron 61,791 millones de dólares en 2025; aunque quedaron por debajo del récord de 64,746 millones de 2024, cerraron el año con una recuperación en diciembre de 1.9% anual y en enero de 2026 alcanzaron 4,594 millones de dólares. Más revelador aún es que 99.1% de las remesas de 2025 llegaron por transferencias electrónicas, y en enero de 2026 el 98.6% siguió entrando por esa vía. Eso significa que la diáspora ya opera en una infraestructura financiera digital madura, algo que los municipios y estados deberían leer no sólo como flujo de ingreso familiar, sino como plataforma para ahorro, coinversión, pagos, educación financiera y proyectos productivos vinculados a territorio.
Ahí está la primera gran lección política: la relación con los mexicanos en el exterior no puede seguir dependiendo exclusivamente de la diplomacia federal. Los gobiernos locales deben construir su propia diplomacia económica de proximidad. Un municipio exportador de Jalisco, Guanajuato, Nuevo León, Puebla o Baja California necesita mapear a sus paisanos no sólo por nostalgia, sino por especialidad profesional, capacidad de inversión, redes de negocio y acceso a mercados. El viejo modelo del club de oriundos sigue siendo útil, pero ya no basta. La experiencia comparada del Migration Policy Institute muestra que las asociaciones de migrantes han servido para canalizar recursos y sostener vínculos con las comunidades de origen; el siguiente paso es convertir esa lógica en una política local más sofisticada, capaz de pasar de la obra social a la transferencia de conocimiento, la atracción de compradores y la incubación de cadenas binacionales.
El contexto comercial vuelve esta agenda todavía más urgente. México cerró 2025 con una cifra histórica de 40,871 millones de dólares de inversión extranjera directa, 10.8% más que el año previo, y con un comercio récord con Estados Unidos de 873 mil millones de dólares. Además, alrededor de 80% de las exportaciones mexicanas sigue teniendo como destino el mercado estadounidense, justo cuando arrancó formalmente la revisión del T-MEC en marzo de 2026. En paralelo, la Unión Europea mantuvo un intercambio relevante con México en 2024, con 53,151 millones de euros en exportaciones europeas hacia México y 29,206 millones en importaciones desde México. En otras palabras, el país está más internacionalizado, pero también más expuesto a incertidumbre regulatoria, arancelaria y geopolítica. En ese escenario, la diáspora funciona como amortiguador estratégico: abre puertas empresariales, reduce costos de confianza y ayuda a sostener presencia mexicana en mercados donde la competencia por inversión y talento es feroz.

La dimensión tecnológica es quizá la más subestimada. La Red Global MX, impulsada desde el Instituto de Mexicanas y Mexicanos en el Exterior, agrupa alrededor de 60 capítulos en cerca de 30 países y más de 6,000 miembros altamente calificados. Esa red demuestra que la diáspora no es sólo mano de obra migrante, sino también comunidad científica, emprendedora y directiva insertada en ecosistemas de innovación de Norteamérica y Europa. Para los gobiernos locales, esto abre una ruta concreta: usar la vinculación con talento mexicano en Austin, California, Toronto, Londres, París, Berlín o Barcelona para mentorías, transferencia tecnológica, promoción universitaria, patentes, formación dual y atracción de proveedores para industrias de nearshoring. Incluso la aproximación con África empieza a adquirir otra lógica, pues México reforzó en 2025 su diálogo con la Unión Africana y organizó actividades para profundizar lazos diplomáticos, académicos y económicos con el continente. Ahí también la diáspora y las redes profesionales pueden convertirse en puente para ciudades portuarias, logísticas y universitarias mexicanas que buscan nuevos socios fuera del eje tradicional.
Las universidades mexicanas y estadounidenses ya ofrecen pistas valiosas. La UNAM ha documentado proyectos permanentes de atención a la salud mental de la diáspora mexicana en Boston y actividades de protección y vinculación con comunidades en el exterior. Esa experiencia sugiere que la agenda local no debe reducirse a economía dura. Una política moderna hacia la diáspora también incluye salud, educación, cultura, identidad cívica y servicios digitales. Porque una comunidad mejor atendida en el exterior no sólo envía dinero; también mantiene lealtad territorial, participa en proyectos, recomienda destinos, conecta instituciones y amplifica la reputación internacional de su lugar de origen.

El reto hacia 2026 es claro. México no puede conformarse con recibir remesas mientras otros países convierten a su diáspora en palanca industrial, científica y diplomática. Los gobiernos locales necesitan padrones inteligentes de talento migrante, oficinas de vinculación económica con enfoque binacional, alianzas con consulados y universidades, portafolios de coinversión, y métricas para medir retornos más allá del monto enviado a casa. También tendrán que enfrentar riesgos reales: mayor presión migratoria en Estados Unidos, incertidumbre por la revisión del T-MEC, menor crecimiento económico, infraestructura insuficiente y la tentación política de usar a la diáspora sólo en campañas simbólicas. Si esa inercia no cambia, México seguirá teniendo una diáspora poderosa pero subutilizada. Si cambia, el Estado 33 puede convertirse en el socio más dinámico del desarrollo local mexicano.
En interAlcaldes queremos conocer tu opinión: ¿tu municipio ya ve a los mexicanos en el exterior como remesadores o como socios estratégicos del desarrollo? Déjanos tus comentarios y conversemos sobre cómo transformar la diáspora en una política local de nueva generación.
Escrito por: Editorial





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